Una más de Europa.

Hace unos cuantos meses, tomé un café con un viejo amigo y charlamos sobre temas de frikis (Historia, política, fútbol, tal y cual). Su conocimiento y su tenacidad son una mezcla brutal en una conversación, por lo que yo muchas veces me limito a escucharlo. Resulta que en esa conversación, hablábamos acerca de las censuras de medios de comunicación en la actualidad, a lo que mi viejo amigo dejó una sentencia certera: 

Para combatir la manipulación, lo que hay que hacer es propagar buena información en respuesta. 

Sé que no es una afirmación profundísima. Sé que no está cargada de grandes palabras. Pero me es de rebosante actualidad cada vez que aparecen ciertas noticias en Europa.



Empieza la cuenta atrás para que entre en vigor la nueva ley contra la desinformación de la UE, Como hemos podido saber esta semana. Al parecer, en el palacio bruseliano hay enormes preocupaciones por la difusión constante de lo que, a su juicio, son noticias falsas, por lo que es necesario que haya un exhaustivo control sobre lo que se puede decir y lo que no. La Unión va a tener la autoridad para decidir que tipo de información es válida. Por supuesto, esto será con arreglo de los Derechos Humanos, de las constituciones democráticas de todos los países, y si me apuras, de la carta magna del 1215. Pese a esto, a algunos conspiranoicos y trasnochados no terminamos de creernos el sermón parroquial.

No me cabe ninguna duda de que en las plataformas digitales se escriben noticias falsas a diario. Más aún en estos tiempos de guerras, en los que la información pasa a ser el segundo campo de batalla. Conocer la verdad objetiva (si es que eso existe en la historia) se antoja una proeza. Dado este contexto, uno podría ponerse en dos escenarios ante la actuación europea.

El primer escenario corresponde al optimismo puro y duro. Es decir, al juicio del ciudadano que cree que tras estas decisiones de la política europea existe una buena intención por parte de nuestros representantes por defender la verdad y solo la verdad, y que para ello es necesario tomar decisiones autoritarias que terminen redundando en el beneficio colectivo. Es una posibilidad. Tiempos extraordinarios requieren medidas extraordinarias. No obstante, dentro de ese optimismo me es imposible no pensar en una serie de cuestiones dentro de esta supuesta bondad estadista de la burocracia europea. Primeramente, ¿Quién es la autoridad para objetivar la realidad? ¿es que acaso la dirigencia de Europa no tiene intenciones políticas, no sigue intereses, al igual que la dirigencia norteamericana, china o rusa? Claro, uno podría replicar que no son los mismos casos, ya que la situación de Europa es más democrática y defensora de la libertad de expresión que la de los otros países mencionados. Hay algo de cierto en ello (tampoco nos vengamos arriba), no obstante, es pertinente señalar que las altas instituciones de la UE han llegado a inventarse que el ejército ruso necesitaba saquear sus propias lavadoras para producir armamento. Algo me dice que no están en condiciones de considerarse unos defensores de la verdad. Pero bueno, podemos retorcer más la realidad. Supongamos que nuestros políticos y medios no han difundido nunca noticia alguna sobre lavadoras, microchips y viceversa. ¿Es que acaso la población europea se merece que una institución supraestatal la trate como un niño pequeño? ¿no va eso contra los principios de la ilustración europea que tanto abandera la Unión? En esa mentalidad hay mucho más de Hobbes que de Rousseau o de Voltaire. Lo dejo para la reflexión del lector. Como conclusión, este escenario optimista me parece poco probable cuando no imposible que exista.

El segundo escenario es el realista. Es decir, el del mundo que parece probable que se cierne ante nuestros ojos y no el que nos gustaría que fuera. Estoy hablando del mundo de las intrigas palaciegas, del control por el poder y de la competición entre los estados. Analizándolo de esta forma, creo que la Unión Europea lleva a cabo este tipo de políticas por diversas razones. En primer lugar, debe señalarse que la guerras que apoya occidente no parecen ir precisamente bien para nuestros aliados. En el frente europeo, no parece que la sonada contraofensiva ucraniana haya dado los frutos esperados, y en oriente, Israel ha desatado un Leviatán en Oriente Medio cuyas consecuencias pueden ser desastrosas. Hoy mismo, el Mar Rojo se ha convertido en un polvorín. Dada esta realidad, los burócratas ven necesario cerrar filas y señalar cualquier cuestionamiento hacia las decisiones tomadas estos dos últimos años, las cuales parecen estar ya siendo duramente juzgadas por la historia. Como segunda observación, es interesante apuntar que la confianza en los relatos europeístas en redes sociales (hacia donde apunta la nueva ley) no anda muy allá. La Mass-Media suele alegar que se debe a la existencia de "bots" informativos rusos. Es cierto que existen miles de cuentas y canales que hacen propaganda rusa. Sin embargo, no parece ser que los occidentales nos quedemos atrás. El problema, sospecho yo, radica en que es muy difícil creer a una institución que lleva casi dos años en una guerra que vaticinaba que iba a durar dos meses, con todos los costes que eso acarrea. Y es que en dichos dos años, han ocurrido episodios que nuestra bien amada UE no se ha molestado ni en esclarecer, como en el caso de la voladura del Nord Stream. En el tercer y último orden de mis humildes observaciones, este tipo de decisiones solo son una muestra más de la flagrante centralización del poder que lleva ocurriendo en Europa ante nuestros ojos desde 2008 hasta la actualidad y lo que queda. 

¿Qué hacemos con esto? 

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