Europa y el Bajo Imperio.

Existe un gran morbo por la caída del Imperio Romano. Se han escrito miles de libros y se busca una constante comparación del episodio con la Europa actual. Personalmente, no soy un entusiasta de estas teorías, pues estamos hablando de dos mundos completamente distintos. Roma fue una cosa (no tan buena y genial como creen algunos) y Bruselas es otra. Vaya esto por delante. 
Con todo esto, me atreveré a describir algunas características de la decadencia del Imperio Romano y las extrapolaré a las del viejo continente. 

"El mundo está lleno de ruinas de imperios que se creyeron inmortales" Percy Shelley.


Humiliores y Honestiores: una sociedad quebrada.

En los últimos siglos de su existencia, el Imperio Romano atestiguó una notable diferencia entre los patricios (los ricos, sensu estricto) y los plebeyos. Los primeros amansaron enormes fortunas que fraccionaron el estado en beneficio de su poder personal. Por el contrario, los segundos fueron a rebufo de este fenómeno. 

Para justificar este orden, los patricios acuñaron su título de Honestiores (los honestos), frente a los plebeyos, que eran los humiliores (los humildes, los que no tienen nada).

En la actualidad, los estados están fraccionados frente a grupos empresariales que traspasan cualquier frontera sin problema alguno. Estos grupos de presión llevan décadas amansando fortunas, mientras la clase trabajadora se ven empobrecidas. Ahora bien, no se llaman honestiores para justificarlo, son más del apelativo de emprendedores. 
La máxima expansión de Roma.

Perdiendo la periferia.

Dato curioso: El último emperador romano se llamaba Rómulo Augusto. Es decir, tenía el nombre del fundador de la ciudad, y el del primer emperador a la vez. 

El Imperio Romano entró en un proceso de crisis irreversible en el siglo V, a causa de perder las provincias del norte de África. La razón es muy sencilla: la agricultura más competitiva estaba en esa zona. Egipto y Cartago (Túnez), entre otras, eran las joyas de la corona.

El imperio occidental, hegemonizado por EEUU, y en medida menor, la UE, ha sufrido un proceso que puede compararse. Nuestras economías son globales. Dentro de este esquema, zonas como China y la India pasaron a ser puntos clave para nuestra estructura. Estos países garantizaban la proliferación de industrias baratas y notables beneficios para sus inversores. Sin embargo, esto ha tenido un efecto Boomerang. Ahora, China y la India no son parte del imperio. Toman sus propias decisiones y no quieren saber mucho de la opulencia occidental. 

Ceguera, fanatismo, desconexión.

Como mencioné antes, el surgimiento de líderes que tomaban decisiones contrarias a la conformación de un estado centralizado hizo de Roma un sinsentido. Los intereses oligárquicos prevalecieron sobre un proyecto imperial. 

La realidad europea es algo parecido. La clase dirigente no atiende a un proyecto político, sino que sirve a unos intereses económicos que están por encima de la ciudadanía. Es una contradicción que tarde o temprano será letal para la supervivencia de Europa como sujeto político. O se es OTAN, o se es Blackrock, o se es la Unión Europea. Todo no cabe a la vez. 

Reunión de la OTAN en Madrid.

Esto viene acompañado de una ideología dominante que no quiere entender el mundo que viene. Los dirigentes europeos mantienen los paradigmas de la Guerra Fría, y eso está obsoleto. Hay un refrán griego sobre la arrogancia que reza lo siguiente: "a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco". Igual es que Zeus se ha dado una vuelta por la Comisión Europea y no lo sabemos.

En lo que no se parecen.

Roma no se contruyó en un día, y tampoco se cayó en un día. De hecho, se entiende que su caída duró más de 200 años (235 a.c.-476 d.c.) En ese lapso, el Imperio tomó decisiones inteligentes que le permitieron sobrevivir y encadenar momentos de relativa bonanza con otros de caos militar. 

Sapor I de Persia somete a un derrotado emperador Valeriano.

Cuando el imperio se percató de que un antiguo enemigo, Persia, podía hacer frente a Roma, los romanos se vieron ante un dilema: o les hacían una guerra total, o entendían que ese esfuerzo podría llevarse su propia existencia por delante. De manera inteligente (o eso creo yo, casi dos mil años más tarde), se tomó la segunda decisión.

En el 1991, cayó la URSS. En su lugar, estaba la Federación Rusa. Al comenzar el siglo XXI, este país volvió a crecer hasta ser una potencia capaz de pedir un trozo del pastel. A Europa se le presentó un dilema similar al de Roma con Persia. El resultado, por el momento, es una tragedia. 

Conclusión.

Roma y Europa no son lo mismo. De hecho, no recomiendo a nadie idealizar al Imperio Romano. Al igual que con todos los imperios del mundo, en Roma abundaban las locuras de sus dirigentes, la corrupción, y el empobrecimiento de los plebeyos en beneficio de la gloria militar de los aristócratas. 

Mientras que se entiendan las enormes distancias que hay entre una y otra, ejemplo de Roma puede arrojar luz sobre algunos episodios de la Europa actual. 

En este libro se hacen las comparaciones de forma sencilla, en poco más de 200 páginas. Recomendable.





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