Globalización, globalismo y nacionalismo: una breve opinión.

Estas últimas dos décadas se ha reforzado la idea de que existe una serie de élites que dirigen el mundo mediante una doctrina de gobierno global que expande sus tentáculos hacia todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Generalmente, conocemos esta idea como globalismo. ¿Cómo de real es esto? ¿necesita de otros conceptos para ser explicada de forma satisfactoria?

Breve historia de la palabra.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial (1945), las academias norteamericanas popularizaron el término globalismo como la pretensión de alcanzar una interdependencia política, económica y social en todo el planeta. Dicho de otra forma, la palabra trazaba conceptos de gobierno global. No era un planteamiento extraño, pues EEUU dominaba gran parte del mundo e instituciones como la ONU o el FMI acababan de nacer.

Conferencia de Yalta. 1945.


Demos un salto temporal. En el 1991 cayó la URSS. Esto provocó el final del comunismo y la expansión definitiva del capitalismo a lo largo y ancho de todo el mundo. Este fenómeno lo llamaron globalización. Como no podía ser de otra forma, los sectores favorables a la hegemonía de EEUU apoyaron esta nueva realidad, pues afirmaban que traería prosperidad a todos, desde los peces pequeños a los tiburones blancos.

McDonald´s en la Moscú Postsoviética. Década de los 1990.

La fiesta sigue hasta 2008. De repente, La globalización colapsa. La crisis económica evidencia que Estados Unidos y Europa son economías debilitadas, cuya verdadera fuerza radica en la especulación masiva. Mientras, al otro lado del mundo, China se postula como candidata a primera potencia mundial. Este contexto sigue existiendo, solo que se encuentra en un punto mucho más peligroso para Occidente.

Quiebra del Banco Lehman Brothers (2008).

A raíz de esta nueva coyuntura, los nacionalismos vuelven a entrar en escena. Líderes como Donald Trump rescatan la palabra globalismo del baúl de los recuerdos. La nueva derecha clama contra la perdida de soberanía nacional, la cual ha sido secuestrada por los globalistas y su plan de dominación mundial. Esta teoría sirve como explicación genérica de varios de los problemas de cada país. Más nación, menos globalización. 



A vueltas con las palabras.

El debate sobre el globalismo y la globalización esconde una realidad estructural más compleja: la derrota de Occidente avanza a pasos agigantados. 

Cuando EEUU se expandió por todos los mercados del mundo, lo que estaba ocurriendo realmente no era el despertar de una voluntad comerciante del resto de países, como si de un día para otro nos diésemos abrazos y palmaditas. Por el contrario, empezaba una nueva realidad en la que Estados Unidos ejercía su poder sin oposición. La globalización es un eufemismo para evitar el concepto de "Imperio Global". 




Cuando la globalización ha empezado a dar resultados negativos para Occidente (y esto solo acaba de empezar), ha ocurrido algo muy lógico. Nuestras oligarquías han intensificado sus reuniones públicas (Foro de Davos, por ejemplo), su autoritarismo contra la población y sus famosas agendas que todos conocen. Figuras como Ursula Von der Leyen, Klaus Schwab o Bill Gates participan habitualmente en este proceso. Esto es lo que Trump llama globalismo.




En el fondo, el globalismo no es ninguna novedad. De hecho, es un clásico histórico. Cuando la clase dominante ve peligrar sus privilegios, recurre a medidas extraordinarias para mantenerlos. No se trata de una conspiración vampírica, sino de una dinámica habitual del capitalismo.  

La cuestión nacional.

Debido a los problemas que ha causado la globalización, han surgido voces críticas, tanto de izquierdas como derechas, que argumentan la necesidad de recuperar la soberanía nacional como ariete para derribar los grilletes que ha provocado la coyuntura actual. Esta propuesta merece examen, pues contiene una serie de problemas.

En primer lugar, el capitalismo tiende a la expansión continua. Necesita traspasar fronteras, mercados, productos y consumidores. Es su naturaleza. No puede contenerse de ninguna forma. Esta característica conlleva, siempre, a la creación de mercados globales. Los globalistas no han inventado nada, solo son una parte más de un engranaje mucho más complejo. La fusión entre el capitalismo y el nacionalismo es, como mínimo, complicada. Y muchos nacionalistas lo saben.

En segundo término, conviene entender que el estado-nación es una herramienta de la clase dominante para proteger sus intereses. El estado puede proporcionar servicios, cierto, pero no es una propiedad de la ciudadanía, ni mucho menos su servidor. Para más dudas, véanse los rescates bancarios, los desahucios o el militarismo reciente. 

Conviene hacer una pregunta que lleva al tercer problema. ¿Cómo crear un sistema nacional, próspero, desarrollado y en continuo crecimiento que no requiera de una expansión global? la respuesta es muy sencilla: no se puede, ya que dicho sistema necesitaría extraer, de manera barata, una gigantesca cantidad de recursos que están repartidos por todo el planeta. 

Mi conclusión es breve: criticar o alabar la globalización/globalismo o el nacionalismo sin realizar un análisis certero del sistema económico en el que se producen es hacerse trampas al solitario. 





 
















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