El enfermo de Europa.

Todos los periódicos han saltado con una noticia de esta mañana: la ultraderecha ha vuelto a ganar unas elecciones en Alemania, cosa que no hacía desde esos tiempos que todos conocen, en la época de Quien-tú-sabes. A primera vista, uno puede preguntarse como es posible algo así. Más aun, cuando los medios convencionales no dan explicaciones contundentes más allá del sensacionalismo y el teatrillo habitual. 

No soy un experto demoscópico ni similar, pero hay una relación causa-efecto que debe ponerse sobre la mesa: a cada día que ha pasado de la guerra en Ucrania, más apoyos ha ganado AFD. Existen una serie de razones de peso para explicar esta relación de hechos. 




En primer lugar, hemos de exponer un factor sociológico. En Alemania, la izquierda tradicional tenía una vocación pacifista y ecologista. Eran reformistas que apostaban por el desarrollo de la clase media como sostén de la sociedad. Bien, pues todo esto ya forma parte del pasado. La izquierda alemana actual se ha convertido en el ariete del militarismo europeo, con propuestas políticas que solo se diferencian de la derecha en rasgos decorativos. Han llegado a aceptar la disposición de misiles nucleares estadounidenses para 2026.  

Cortita y al pie: no hay izquierda ninguna en Alemania. Ninguna. Y eso no es culpa de AFD, sino de la vacuidad ideológica de sus supuestos representantes. Podríamos definir su estado en una anécdota tragicómica: Ana Elena Baerbock, ministra del partido verde, afirmó públicamente que Putin debía cambiar su política en 360 grados. Contra estas fuerzas políticas, AFD, o cualquiera, es capaz de regatear al equipo entero y meterla por la escuadra.



Aquí tenemos la imagen del estallido del gaseoducto. Sabemos quien tiene control sobre el Báltico, a quien beneficiaba la explosión, e incluso tenemos reportes de periodistas ilustres sobre como ocurrió...pero con estos datos ¡magia! no sabemos quien fue el autor. Dudamos entre el Kraken y Godzilla.






Vamos a un segundo punto: la estructura económica de Alemania está muerta. Se ahogó en medio del Báltico, cuando explotó el gaseoducto que le daba energía barata al país. Esta infraestructura posibilitaba que Alemania fuera una potencia industrial de primer orden. Desde que los pingüinos de Madagascar volaron dicho gaseoducto por los aires, ha ocurrido una reacción en cadena:
1. Alemania no tiene gas ruso.
2. Como no tiene gas ruso, recurre al gas norteamericano, el cual es mucho más caro (y contaminante, por cierto. En teoría, debería importar a los verdes. No pasa nada, y si pasa, se saluda).
3. Los costes de producción se disparan. La inflación se convierte en el día a día de toda la ciudadanía.
4. Las empresas hacen las maletas hacia EEUU y China: llega el desempleo. 
5. Recesión económica, malestar social, desconfianza, tensiones, crisis.
6. ¿Quién aprovecha el descontento? podría ser una agrupación de izquierdas la que enarbolase a la ciudadanía bajo un programa. Pero ¡sorpresa! ¡ha sido la "izquierda" la que ha montado este desastre! y ahí es donde entra AFD, cortando como el cuchillo a la mantequilla, como en su día entró Quien-Tú-Sabes. 

En los medios hegemónicos se escribirán columnas y editoriales lamentando "el desapego" o "la desconfianza" hacia las instituciones, sin analizar que es lo que ha provocado tal situación, o si es que dichas instituciones en algún momento fueron fiables (otro melón por abrir). En definitiva, la izquierda alemana nos muestra el camino a evitar.







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