La no-inocencia de los clásicos.

 La alta política europea sigue obsesionada con Grecia y Roma. Y no para bien.

La historia es un diálogo constante entre el pasado y el presente. Entendemos los sucesos a raíz de la capacidad de interpretación que tenemos en nuestro tiempo...y de nuestro sesgo. Y, en lo corresponde a la autollamada "cultura occidental", la reinterpretación del mundo clásico es una constante, ya sea con los pintores del renacimiento o con Christopher Nolan produciendo una película de La Odisea. Bueno, o conmigo mismo, un panoli, publicando una novela ambientada en mitología griega. 

No está mal reinterpretar el pasado, pero hemos de tener en cuenta los sesgos y las intenciones con las que se hace, pues, sino, estamos juzgando en el vacío. Esa frase que escuchamos en muchos sitios de "la historia es la que es", "los hechos son los hechos", esconde al diablo entre sus palabras. 

En política, es habitual utilizar el pasado, pues sirve como vehículo ideológico. Y la historia de Grecia y Roma siempre es un recurso útil para producir fantasías nacionalistas, militaristas, racistas y una larga ristra de otros adjetivos poco edificantes terminados en "-istas". En nuestro tiempo, la figura elegida por la alta política europea (que ni es alta, ni es política, y me atrevería a decir que es norteamericana) es un tal Tucídides.

Tucídides fue un historiador célebre por habernos legado la Guerra del Peloponeso, que enfrentó a Esparta y Atenas, y por ser el primer historiador occidental que buscó una explicaciones políticas racionales, estratégicas, en los conflictos. Su tono aséptico y frío es un hito de la historiografía, y es por ello que su obra sigue siendo de notable interés. 

De forma muy resumida: Tucídides, en su tiempo, fue lo que hoy llamaríamos un analista geopolítico serio, riguroso y de primerísimo nivel. Un maestro y un erudito sin parangón. En su Guerra del Peloponeso,  maneja una tesis muy sencilla: el conflicto estalla por los temores de una potencia menguante (Esparta) hacia una potencia emergente (Atenas). 

Esta teoría ha llamado la atención de muchas figuras de renombre. Los halcones de guerra de Estados Unidos tienen una obsesión con Tucídides que se remonta a la segunda mitad del siglo XX, con Leo Strauss como principal intelectual orgánico, y más tarde los asesores de George Bush. Así hasta la actualidad, pues con la rivalidad de China y Estados Unidos en un estado tan palpable se convierte en monotema (Hasta Xi Jinping la ha mencionado en público). La idea de que una potencia menguante tiene que estar en guardia constante ha sido un recurso útil para los intereses imperiales de Estados Unidos, pues convierte cualquier guerra en un acto preventivo y justificable de cara al público. 

Todo lo que viene de Estados Unidos llega un poco más tarde a Europa, pero llega. Y así ha sido que el ministro de exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot, se ha sumado a hablar de Tucídides.



La apreciación de Jean-Noel Barrot adolece de varios problemas. 

1. Desde el punto de vista histórico, su afirmación es matizable. Ciertamente, Macedonia creció progresivamente mientras Atenas y Esparta se debilitaban. Pero existieron otros elementos que explican, o bien matizan, los hechos. 

En primer lugar, aquella Grecia no era cosa de tres actores, pues, como mínimo, debería sumarse a esa clasificación, y con valor de superpotencia, al Imperio Persa. Repito: con valor de superpotencia. Olvidarte de Persia mientras explicas algo así es taumaturgia, pues, en aquellos tiempos (no solo en la Guerra del Peloponeso), los persas hacen de árbitro diplomático y financiero de los distintos actores según sus propios intereses. También deberíamos sumar, aunque en menor importancia, a otros poderes locales o regionales que actúan nada más terminar la Guerra del Peloponeso (Tebas, que llega a derrotar a Esparta poco después, y Corinto, por ejemplo).

2. Haciendo un análisis político, las matizaciones se hacen aun más agudas. El reino de Macedonia no era un simple accidente histórico causado por la torpeza de Esparta y Atenas, sino que era un actor autónomo que tuvo capacidad para recibir la influencias de los otros poderes extranjeros que le rodeaban a parte de las ciudades griegas (la corte macedonia conocía e incluso asumía elementos propios de los persas). 

Fruto de esta ambivalencia, el reino de Macedonia reprodujo dinámicas políticas hasta llegar a la época que nos interesa. Cuando toma la corona el rey Filipo II, su habilidad diplomática y su conocimiento del mundo griego, junto con, claro, el potencial militar macedonio, le permitieron alzarse como el campeón del mundo griego.

La historia de Macedonia es la de un reino cuya élite tiene capacidad de integración, pocos prejuicios y, por supuesto, fuerza en el campo de batalla. Europa, en cambio, es el reservorio de una élite que desprecia al resto de países que no siguen sus órdenes sin rechistar (ahí tienen a Kaja Kallas llamando "cáncer" a China), que destilan un nacionalismo decimonónico y que no parecen muy dotados intelectualmente. Filipo II de Macedonia pasó parte de su educación en Tebas, lo que le permitió conocer el mundo griego, es decir, saber como funcionan "los otros". Europa es precisamente lo opuesto a esto. No caigan en engaño, el mapa mundi del político europeo no conoce más allá de nuestro continente y los Estados Unidos de América. 

3. Por último, unas consideraciones. No estoy haciendo una reivindicación del reino de Macedonia, ni mucho menos pidiendo que aparezcan "estadistas" (palabra odiosa) que hagan grande a Europa. Simplemente, quería recordar que la historia no es neutral, y que los historiadores debemos presentar batalla a los sofismas de una clase dominante que quiere usar el pasado para sus fines particulares. 

El reino de Macedonia, en efecto, se convirtió en potencia. Y, acto después, bajo la égida de Alejandro Magno, conquistó el imperio persa, con episodios truculentos como la quema de la ciudad de Persépolis, entre otras. 

Creo que, con la que está cayendo en Irán, es decir, en la antigua Persia, reivindicar a Alejandro Magno es, como mínimo, de muy mal gusto. Y entendería que un iraní de a pie, al leer el tweet del ministro francés, tuviera un cabreo de aúpa. 


Si quieren conocer la interacción cultural entre los griegos y otros pueblos, recomiendo este clásico de Arnaldo Momigliano, un gigante de la historia. De mis libros favoritos.


De una temática parecida, esta obra, publicada el año pasado, es mucho más edificante para entender a otros pueblos, en lugar de limitarnos a llamarlos "cáncer" y demás lindezas.



Libro de divulgación muy interesante para entender el mundo persa. En tiempos como los que corren, es información útil. 











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