John Wayne no impresiona al dragón.

 Donald Trump prometió diversión desde que empezó su legislatura. Y no está defraudando. La pregunta es si va ganando. 

Desde que llegó al despacho oval, Donald Trump afirmó que volvería a poner a Estados Unidos en el mapa. El presidente tenía clara su misión: Make America Great Again. Para cumplir su cometido, promovía una política exterior enfocada a dos objetivos claros. Por una parte, debía terminar con la guerra en Ucrania, la cual considera absurda. Por otra, era imperativo redirigir todos los esfuerzos en superar a China. Are we winning, son? Haremos un breve repaso a lo que llevamos de política exterior trumpiana. Primero, describiremos de forma somera los problemas con China y Rusia. Después, opinaremos sobre que es lo qué se está viendo tras estos sucesos.



La cuestión ucraniana.

Trump no ha sido ningún hipócrita respecto a la guerra en Ucrania. Podrá ser criticado en muchísimos aspectos, pero este no es uno de ellos. Él ha entendido el conflicto como una rémora que, o bien debería acabar rápido, o, en su defecto, que se ocupen los países europeos de ello. Es tal su convencimiento que ha llegado a afirmar que "en 24 horas" acabaría con la guerra de Ucrania. Trump ha creído que Estados Unidos tenía la suficiente capacidad diplomática y estratégica como para firmar un tratado de paz sin complicaciones. 

Sin embargo, se ha encontrado con varios escollos. La imagen que puede venir a la cabeza es la de la discusión pública con Zelensky. No obstante, esto es menos sustancial de lo que parece, aun siendo una escena grave. Trump ha encontrado oposición tanto en su propia administración, como en los países europeos, como en la mismísima Rusia, que no ha aceptado los términos norteamericanos, basados, principalmente, en la celebración de altos al fuego que, a juicio ruso, ni benefician el curso de su invasión, ni se concretan en planes diplomáticos coherentes. 



Por el momento, las reuniones entre Estados Unidos y Rusia se siguen celebrando. Aún así, todavía no se ha llegado a un acuerdo definitivo. 

La guerra comercial contra China.

Estados Unidos, gobierne quien gobierne, lo tiene claro: el enemigo a batir es China. Rusia existe, en efecto, pero no representa el desafío hegemónico que plantea un país de 1400 millones de habitantes con capacidad industrial de última generación. De hecho, los aranceles y las sanciones de Trump no son algo nuevo, si no que ya los llevó a cabo en su primer gobierno (2016-2020). Ahora ha decidido retomarlos contra todos los países del globo, pero con especial ahínco en China.

A diferencia de con la guerra en Ucrania, Trump no prometió sobrepasar a China en cuestión de 24 horas. Pero, eso sí, propone una guerra económica en la que ambas potencias choquen con todo su potencial comercial-tecnológico-industrial hasta que una de las dos se imponga. Pese a muchas de las deficiencias que arrastra USA, sigue siendo el 25% del PIB mundial y el dueño de la moneda más poderosa del globo. En cierto sentido, tiene argumentos para presentar batalla. Sin embargo, China, exceptuando por la cuestión del dólar, tiene un potencial económico que le mira cara a cara, cuando no le supera.

Como se ha podido observar, las dos potencias están compitiendo en todos los sectores de alto valor añadido. Estados Unidos comenzó elevando de forma gradual los aranceles a China, la cual, por el momento, no ha dudado en responder con la misma moneda. Durante esta misma semana, Donald Trump ha rectificado en varias de estas medidas, buscando que el adversario asiático haga lo propio. 




Con los hechos sobre la mesa, no parece que China vaya a doblegarse a las presiones norteamericanas. Tampoco sería prudente decir que va a sobrepasarlos sin problemas, o que va a salir victoriosa. En cambio, si es acertado pensar que Estados Unidos no está logrando lo esperando con su principal competidor. Advertí aquí de que esto podría ocurrir.

Lo que vamos sabiendo.

Más allá de las cifras, de las estadísticas o de las reuniones, los sucesos de estos cuatro meses dan pistas para interpretar que es lo que está ocurriendo en el contexto internacional desde que Donald Trump se sienta en la Casa Blanca. 

La primera conclusión que se puede sacar no es apta para trumpistas, pues trata sobre su método. En los círculos ideológicos cercanos al presidente, siempre se ha presumido de que Trump es un político de gran manejo por su capacidad para negociar, caracterizada por pujar yendo a la yugular, es decir, aplicando los cánones de Wall Street a la política: si no me das Groenlandia, te hago una OPA. Sería tramposo afirmar que en la política exterior no existen comportamientos similares a los del mundo de la especulación y la finanza (farándulas, faroles, amenazas, etc.) La incertidumbre que rodea a los Business posibilita que esas conductas sean eficientes. Pero en el mundo de los estados no solo funciona así. Cuando chocan los estados, o, mejor dicho, los imperios, hay elementos permanentes que no son susceptibles a la mentalidad de tiburón. Las altas burocracias, los ejércitos y la diplomacia se sustentan en elementos estables, donde el método Trump no es más que una curiosidad, un elemento periférico que puede funcionar de manera ocasional. 

Puede parecer que este último párrafo es una filípica contra Trump. En absoluto. Hay ejemplos claros en los que se ha mostrado como la fórmula del presidente estadounidense no surte efecto frente a países que tienen una fuerza medida sobre el terreno. Mismamente, cuando Trump quiso que Rusia firmase un alto el fuego, sus condiciones no satisficieron las demandas rusas. En respuesta, Putin rechazó el alto el fuego. Acto seguido, Trump hizo uso de su método de depredador bursátil y apareció en público para amenazar con más sanciones grandilocuentes contra Rusia. ¿y qué hizo Rusia? siguió como si nada ocurriera. 

La segunda conclusión, relacionada con la primera, es que, de nuevo, es la relación de fuerzas la que se impone. Aunque Donald Trump fuera un completo artista de la diplomacia, de las intrigas palaciegas o de la política (que no lo es), no podría evitar que Rusia hiciera valer sus intereses políticos en Ucrania, de la misma forma que tampoco podría evitar que China proyectase su capacidad económica sobre todas las rutas comerciales. La realidad se impone sobre las opiniones. 

La última conclusión no atañe solo a Trump, y está también relacionada con la segunda conclusión. En efecto, son las relaciones de poder las que marcan la política internacional. Y, como demuestra esta correlación de fuerzas, cada día es más evidente que lo nuevo está naciendo y lo viejo está muriendo. Estados Unidos ya no tiene el poder para imponer sus deseos por todo el globo. Y cuánto antes lo entiendan, mejor. 




















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